“Vivan sabiamente entre los que no son creyentes y aprovechen al máximo cada oportunidad. Que sus conversaciones sean cordiales y agradables, a fin de que ustedes tengan la respuesta adecuada para cada persona” (Colosenses 4:5–6, NTV).
Vivimos en una época en la que casi todo lo que decimos, escribimos o hacemos puede ser visto, escuchado o compartido por otros. Un comentario en redes, una opinión en una clase, una reacción en una conversación privada o una postura pública pueden llegar a cientos o miles de personas en cuestión de segundos. Nos guste o no, estamos siendo observados. Y, como creyentes, eso nos coloca ante una responsabilidad espiritual que no podemos tomar a la ligera: nuestra vida se ha convertido en un testimonio visible.
Muchas veces pensamos que dar testimonio es predicar, citar la Biblia o defender nuestra fe con argumentos. Pero la realidad es que, antes de escuchar nuestras palabras, las personas “leen” nuestra conducta. Por eso, esa frase tan sencilla y tan profunda nos confronta con fuerza: “Un pequeño niño le dice a su padre: ‘Papá, habla más alto, que tus acciones no me permiten escuchar.’” Cuando lo que decimos no coincide con lo que hacemos, nuestro mensaje pierde autoridad y nuestra fe se vuelve ruido.
El apóstol Pablo entendía muy bien este principio. En su carta a los colosenses, nos recuerda que nuestra vida no se vive frente a un público humano, sino delante de Dios:
“Trabajen de buena gana en todo lo que hagan, como si fuera para el Señor y no para la gente. Recuerden que el Señor les dará una herencia como recompensa y que el Amo al que sirven es Cristo” (Colosenses 3:23–24, NTV)
Este texto cambia por completo nuestra manera de ver la vida. Ya no actuamos para agradar, impresionar o ganar aprobación. Vivimos para honrar a Cristo. Cada decisión, cada palabra, cada publicación, cada reacción, cada conversación se convierte en un acto de servicio. No nos estamos representando solo a nosotros mismos; estamos representando al Señor que decimos seguir.
Un poco más adelante, Pablo añade algo que conecta directamente con nuestra realidad diaria:
“Vivan sabiamente entre los que no son creyentes y aprovechen al máximo cada oportunidad. Que sus conversaciones sean cordiales y agradables, a fin de que ustedes tengan la respuesta adecuada para cada persona” (Colosenses 4:5–6, NTV).
Aquí el apóstol nos recuerda que nuestro comportamiento no ocurre en el vacío. Hay personas que miran, escuchan y forman opiniones sobre Dios a partir de cómo actuamos. No se trata solo de hablar bien, sino de vivir con sabiduría. No se trata de ganar discusiones, sino de reflejar el carácter de Cristo.
A lo largo de la historia, grandes voces cristianas han insistido en esta verdad. Dietrich Bonhoeffer dijo que no existe un cristianismo verdadero sin obediencia. A.W. Tozer afirmó que nuestra idea de Dios se revela en la forma en que vivimos. Francis Schaeffer enseñó que la fe no es solo un sistema de creencias, sino una manera de vivir con coherencia. Todos apuntan a lo mismo: lo que creemos debe notarse.
Incluso los pensadores seculares han reconocido este principio. Mahatma Gandhi dijo: “La felicidad es cuando lo que piensas, lo que dices y lo que haces están en armonía.” Séneca escribió: “Largo es el camino por preceptos, corto y eficaz por ejemplos.” Aunque no compartan nuestra fe, reconocen algo que la Biblia enseña desde siempre: la coherencia da credibilidad.
Nuestro comportamiento tiene un peso enorme. Puede abrir puertas o cerrarlas. Puede acercar a alguien a Cristo o alejarlo de Cristo. En una sala de clases, en una oficina, en una iglesia, en una red social, en una llamada telefónica o en una conversación casual, estamos enviando mensajes constantemente. No siempre con palabras, pero siempre con actitudes.
Cuando reaccionamos con humildad, mostramos gracia. Cuando hablamos con respeto, reflejamos sabiduría. Cuando actuamos con integridad, proclamamos el evangelio sin decir una sola palabra. Y cuando fallamos, si sabemos pedir perdón, también damos testimonio de un Dios que restaura.
Vivir conforme a la Palabra no es perfección; es coherencia. Es caminar con conciencia de que Cristo es nuestro Señor y que nuestra vida, en todas sus expresiones, le pertenece. No importa si estamos frente a una multitud o solos con una persona; lo que hacemos sigue siendo visto por Dios y por los demás.
Que nuestra oración sea esta: “Señor, que mi vida no contradiga mi fe. Que mis acciones respalden mis palabras. Que cuando otros me observen, puedan ver algo de Ti.” Porque cuando vivimos para el Señor, incluso en lo cotidiano, nuestra vida se convierte en una predicación viva.


