“Puerto Rico no necesita un conservadurismo de eslóganes, sino uno de principios. Uno que entienda que, aunque Roma no se construyó en un día, tampoco se reconstruye desde las ruinas.” – Dr. Daniel Marte
Introducción
En Puerto Rico, el término “conservador” se ha convertido en una palabra cargada de confusión. Algunos lo usan como bandera moral, otros como arma política y otros como simple estrategia electoral. En medio de esta ambigüedad, dos corrientes compiten por reclamar el título de “verdadero conservadurismo”: por un lado, un partido minoritario que se presenta como el único representante legítimo de esta filosofía; por otro, un partido tradicional de centro derecha que, aunque imperfecto, ha legislado de forma consistente hacia posiciones conservadoras en temas sociales, económicos y de gobernanza.
Este conflicto no es solo partidista. Es filosófico. Para comprenderlo, primero debemos responder una pregunta fundamental: qué es realmente un conservador.
El conservadurismo no es una emoción, ni una reacción visceral, ni una moda ideológica. Es una filosofía política, social y económica coherente, con raíces profundas en la tradición occidental. Como advirtió Edmund Burke, uno de sus principales teóricos, el verdadero conservador no destruye para comenzar de nuevo, sino que reforma con respeto por la herencia recibida. El conservadurismo no busca congelar la historia, sino guiar el cambio con prudencia, responsabilidad y sentido moral.
El conservadurismo como filosofía política
En su dimensión política, el conservadurismo parte de una premisa básica: las instituciones importan. El orden constitucional, el estado de derecho, la separación de poderes y los procesos democráticos no son obstáculos, sino garantías de estabilidad. Roger Scruton afirmaba que el conservador entiende que las sociedades no se construyen desde cero, sino sobre capas de experiencia acumulada.
En Puerto Rico, esto significa que el conservadurismo auténtico no puede reducirse a consignas contra “el sistema” ni a discursos de ruptura total. El verdadero conservador no desprecia las instituciones porque estas representan la continuidad histórica del pueblo. Cambiar es necesario, pero destruir por resentimiento es irresponsable.
El dilema actual surge cuando algunos sectores confunden conservadurismo con populismo. Como señalan Mudde y Rovira Kaltwasser, el populismo se define por una narrativa de “pueblo puro contra élites corruptas”, que simplifica la realidad y debilita las instituciones. Este estilo político puede adoptar un lenguaje conservador, pero no comparte su esencia. El conservadurismo defiende la autoridad legítima, el respeto a la ley y la moderación en el poder.
El conservadurismo social
En el plano social, el conservadurismo reconoce que la familia, la religión, la comunidad y la tradición cultural son pilares de la cohesión social. Estas instituciones no surgieron por accidente, sino porque han demostrado su valor a lo largo del tiempo.
Esto no implica rechazar toda transformación. Implica examinar cada cambio a la luz de sus consecuencias. Cuando ciertos sectores promueven redefiniciones radicales de la familia, la sexualidad o la educación sin considerar sus efectos culturales, el conservador responde con cautela, no por miedo, sino por responsabilidad.
En Puerto Rico, estos debates han sido intensos. Temas como la educación sexual, el matrimonio igualitario y la ideología de género han generado tensiones profundas. El conservadurismo social sostiene que no todo lo técnicamente posible es moralmente deseable. La estabilidad cultural no es enemiga del progreso, es su fundamento.
El conservadurismo económico
Económicamente, el conservadurismo defiende la libre empresa, la propiedad privada y un Estado limitado pero fuerte. No se opone al gobierno, pero sí a su expansión descontrolada. Friedrich Hayek advertía que cuando el Estado pretende planificar toda la economía, termina erosionando la libertad individual.
En Puerto Rico, las políticas de apertura económica, desregulación y atracción de inversión han estado ligadas históricamente a sectores conservadores, especialmente dentro del Partido Nuevo Progresista. En los años noventa, estas reformas generaron crecimiento, pero también desigualdades persistentes.
El problema no es el mercado, sino la ausencia de instituciones sólidas que garanticen competencia, transparencia y movilidad social. Como señalan Arza et al. (2024), los modelos neoliberales sin redes de protección social tienden a segmentar la sociedad y debilitar la cohesión.
Por eso, el conservadurismo económico auténtico no idolatra el mercado, sino que lo ordena. No sacrifica a la comunidad en nombre del capital, sino que busca equilibrio entre eficiencia y justicia.
Historia y transformación del conservadurismo en Puerto Rico
Desde 1898, el conservadurismo ha estado presente en la política puertorriqueña, adaptándose a cada etapa histórica. Bajo el dominio estadounidense, defendió la identidad cultural frente a la asimilación. En la segunda mitad del siglo XX, se vinculó al desarrollo capitalista y a la defensa de valores tradicionales frente a los cambios sociales.
En las últimas décadas, ha enfrentado un nuevo desafío: la polarización. El auge de movimientos populistas, tanto de izquierda como de derecha, ha distorsionado su significado. Algunos líderes han sustituido la prudencia por el espectáculo, y la reflexión por el ataque constante.
El dilema partidista actual
Hoy, Puerto Rico enfrenta una paradoja. Un partido con representación mínima se proclama como el único conservador legítimo, mientras que un partido histórico, con múltiples fallas, ha impulsado legislación alineada con principios conservadores en economía, valores familiares y gobernanza.
Este conflicto revela una verdad incómoda: el conservadurismo no se mide por discursos, sino por acciones. No se define por quién grita más fuerte, sino por quién gobierna con responsabilidad.
Como recuerda Scruton, el conservador no busca ganar la historia, sino servirla.
Conclusión
Ser conservador no es resistirse al cambio por miedo, sino reformar con sabiduría. No es idolatrar el pasado, sino aprender de él. No es negar la justicia social, sino buscarla sin destruir los fundamentos que la hacen posible.
Puerto Rico no necesita un conservadurismo de eslóganes, sino uno de principios. Uno que entienda que, aunque Roma no se construyó en un día, tampoco se reconstruye desde las ruinas.
Referencias
Arza, C. et al. (2024). La economía política de una expansión segmentada. Cambridge University Press.
Bohoslavsky, E. et al. (2024). Las derechas argentinas en el siglo XX. Editorial Unicen.
Della Vella, F. (2024). Populismo y democracia liberal. Studia Politicae, 61.
Hayek, F. A. (1944). The Road to Serfdom. Routledge.
Mudde, C., & Rovira Kaltwasser, C. (2017). Populism: A Very Short Introduction. Oxford University Press.
Pérez, O. et al. (2024). Juventudes de derecha en América Latina.
Scruton, R. (2017). Conservatism: An Invitation to the Great Tradition. All Points Books.
Zapata Ávila, J. G. (2024). Configuración del discurso político conservador.
@2026 Dr. Daniel Marte


