“Qué admirable ver a los mismos que ayer exprimieron el lenguaje cristiano para manipular conciencias, hoy rasgándose las vestiduras porque el gobierno tiene una estructura de enlace con organizaciones de fe. No fiscalizan: intoxican” – Dr. Daniel Marte
Hay gente en la política puertorriqueña que no se cansa de insultar la inteligencia del país. Se presentan como guardianes de la moral pública, custodios de la pureza institucional y centinelas de la separación entre Iglesia y Estado, pero basta con raspar un poco la pintura para descubrir lo que realmente hay debajo: cálculo, conveniencia, resentimiento y una hipocresía monumental.
Eso es exactamente lo que aflora cada vez que ciertos sectores atacan las Oficinas de Base de Fe con una indignación ensayada, teatral y sospechosamente selectiva.
Ahora resulta que les preocupa la “influencia política”. Ahora resulta que descubrieron el peligro de mezclar religión y gobierno. Ahora resulta que hablan como si acabaran de bajar del monte con una nueva tabla de la ley republicana bajo el brazo. Qué ternura. Qué conmovedora su súbita conversión al constitucionalismo pulcro. Qué admirable ver a los mismos que ayer exprimieron el lenguaje cristiano para manipular conciencias, hoy rasgándose las vestiduras porque el gobierno tiene una estructura de enlace con organizaciones de fe.
El problema de esa pose es que la memoria existe.
Durante la campaña, muchos de estos mismos actores no tuvieron el menor pudor para convertir la política en un examen de salvación. No apelaron solo a ideas, programas o propuestas. Apelaron a la culpa. A la presión espiritual. A la insinuación venenosa de que el verdadero cristiano debía votar por ellos. Al que disentía, se le miraba como traidor. Al que no se alineaba, se le trataba como alguien que estaba “vendiendo su primogenitura”. Mientras la fe les servía de gasolina electoral, no había crisis de conciencia. Mientras la iglesia funcionaba como plataforma de movilización, no había alarma moral. Mientras podían envolverse en el lenguaje de Dios para promover sus intereses partidistas, todo les parecía santo, correcto e incluso heroico.
Pero ahora no. Ahora descubrieron el pecado.
No se trata de una defensa del orden constitucional. Se trata de una rabieta porque ya no monopolizan el acceso al imaginario religioso del electorado conservador.
Ese es el verdadero escándalo para ellos.
No les molesta que exista una relación entre el Estado y las organizaciones de fe. Lo que les molesta es que esa relación no pase exclusivamente por sus manos, por su partido, por su tribu o por su pequeño clero político. No les molesta la cercanía con la iglesia cuando la capitalizan. Les molesta cuando otro actor político logra interlocución con sectores comunitarios y religiosos sin pedirles permiso. No están defendiendo principios. Están defendiendo la cuota de mercado moral.
Y como no tienen el monopolio de ese mercado, hacen lo que mejor saben hacer algunos farsantes: desacreditar.
Acusan, pero no precisan. Insinúan, pero no demuestran. Escandalizan, pero no documentan. Hablan de “desviación”, de “manipulación”, de “influencia”, de “chantaje”, de “agendas”, de “sincretismos” y de toda una colección de palabras grandes, aparatosas y emocionalmente cargadas, pero cuando uno les pide lo básico, se quedan desnudos. ¿Dónde ocurrió? ¿Cómo ocurrió? ¿Cuándo ocurrió? ¿Quién tomó la decisión? ¿Qué reglamento se violó? ¿Cuál es el acto concreto? ¿Dónde está la evidencia? ¿Cuál es el expediente? ¿Cuál es el documento? ¿Cuál es la cita? ¿Cuál es la prueba?
Silencio.
Y ese silencio los delata.
Porque fiscalizar no es escupir sospechas al aire para ver cuál cae en terreno fértil. Fiscalizar no consiste en soltar una acusación nebulosa y dejar que el prejuicio haga el resto. Fiscalizar no es sembrar una nube tóxica para luego posar como víctima incomprendida. Eso no es fiscalización. Eso es propaganda de baja monta con maquillaje piadoso.
Cualquiera destruye reputaciones desde la comodidad ideológica. Cualquiera se da golpes de pecho en redes sociales. Cualquiera escribe un post lleno de superioridad moral para complacer a su burbuja. Lo difícil es probar. Lo difícil es sostener una acusación con hechos. Lo difícil es no esconder la mala fe detrás de un versículo suelto y de una indignación prefabricada.
Por eso el país tiene que aprender a desconfiar no solo del corrupto vulgar, sino también del puritano oportunista. El primero roba con descaro. El segundo pretende gobernar desde la superioridad moral que él mismo ha prostituido cuando le conviene.
Y eso es precisamente lo que hemos visto en demasiados sectores que se autoproclaman conservadores, cristianos y defensores de valores. Hablan como si fueran los únicos moralmente aptos para tocar lo sagrado, pero cuando uno examina sus ejecutorias, sus contradicciones y sus salidas internas, lo que aparece no es pureza, sino una colección de fracturas, dobles discursos y guerras de poder vestidas de testimonio.
Ese tipo de actor político no quiere principios. Quiere privilegio. No quiere institucionalidad. Quiere control. No quiere una conversación seria sobre los límites entre la colaboración estatal y la libertad religiosa. Quiere convertir ese debate en un arma para golpear al adversario mientras absuelve sus propios excesos.
La verdad es más simple y más dolorosa.
Las Oficinas de Base de Fe pueden ser fiscalizadas. Deben ser fiscalizadas. Todo espacio público que ejerza influencia, acceso y coordinación con entidades sociales debe estar sujeto a vigilancia, transparencia y rendición de cuentas. Eso es correcto. Eso es sano. Eso es necesario.
Pero la fiscalización legítima exige algo que estos inquisidores de ocasión no siempre están dispuestos a ofrecer: honestidad.
Honestidad para reconocer que la colaboración entre el gobierno y las organizaciones de fe no equivale automáticamente a una teocracia. Honestidad para admitir que muchas de esas organizaciones son precisamente las que surgen cuando el Estado tarda, la burocracia falla y los vulnerables necesitan ayuda inmediata. Honestidad para aceptar que el marco legal protege a esas entidades y no las condena al exilio cívico solo por su identidad religiosa. Honestidad, también, para reconocer que ellos mismos pasaron años tratando de convertir el capital espiritual de la iglesia en capital electoral para su causa.
Y ahí es donde se les rompe el libreto.
Porque no se puede jugar a profeta cuando ayer se actuó como operador. No se puede denunciar la politización de la fe después de haberla usado como látigo contra el disidente. No se puede posar de custodio institucional cuando se ha tratado la conciencia del creyente como una finca electoral. No se puede exigir neutralidad ahora, después de haber promovido una cultura en la que disentir de su proyecto equivalía casi a apostatar.
Eso no es convicción. Eso es cinismo.
La tragedia para ellos es que cada vez más gente lo ve. Cada vez más personas entienden que detrás del escándalo performativo hay una pelea mucho más terrenal y menos sagrada: una pelea por influencia, por visibilidad, por acceso y por supervivencia política. Les preocupa menos la Constitución que la derrota. Les preocupa menos la pureza institucional que perder el control del relato. Les preocupa menos la salud del país que dejar de ser los sacerdotes exclusivos del conservadurismo boricua.
Por eso reaccionan con tanta furia. Porque saben que cuando el monopolio moral se rompe, queda expuesta la mercancía. Y cuando la mercancía se examina de cerca, ya no parece santidad. Parece oportunismo con perfume de altar.
En fin, el problema no es que fiscalicen. El problema es que lo hagan con la honestidad de un fiscal de humo y con la memoria selectiva de quien quiere que el país olvide cómo él mismo prostituyó la fe cuando eso le daba rédito político.
La próxima vez que alguno de estos críticos se presente como defensor de la pureza pública, conviene hacerle una sola pregunta, sencilla y devastadora: ¿dónde estaban esos escrúpulos cuando usaban la iglesia como plataforma y la conciencia cristiana como herramienta de presión electoral?
Ahí empieza el silencio.
Y en ese silencio, precisamente, vive su hipocresía.
Referencias
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- Díaz Ramos, T. (2025, 30 de octubre). Politizada desde su génesis la Oficina de Base de Fe del Departamento de Educación. Centro de Periodismo Investigativo. (Centro de Periodismo Investigativo)
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- Román, H. (2025, 27 de marzo). ¿Crisis en Proyecto Dignidad? Controversias y renuncias sacuden su estabilidad. Primera Hora. (Primera Hora)
- Rosario, F. (2025, 6 de noviembre). Senadora Rodríguez Veve se desafilia de Proyecto Dignidad. Primera Hora. (Primera Hora)
- Ruiz Kuilan, G. (2026, 2 de abril). Defiende La Fortaleza la creación de oficinas de base de fe en tres agencias del gobierno. El Nuevo Día. (El Nuevo Día)


