La época en que vivimos premia la consigna, no la conciencia. Premia el bando, no el discernimiento. En ese ambiente, la tentación pastoral más peligrosa no siempre es el pecado escandaloso, sino la sustitución silenciosa del llamado: cuando el cuidado de las almas es desplazado por la defensa de una tribu política, por la cercanía al poder, o por el deseo de “ser relevante” ante los ojos de los hombres. Este ensayo propone una tesis sencilla pero exigente: el pastor debe poner a las almas en primer plano, por encima de partidos, agendas y figuras políticas, y hacerlo como acto de fidelidad a Cristo, quien lo llamó.
La intención no es negar que la fe tenga implicaciones públicas. Las tiene. Tampoco es pedir neutralidad moral ante la injusticia. Es reclamar el orden correcto: la Iglesia no existe para servir de maquinaria religiosa a la política, sino para ser fiel a su Señor, proclamando el evangelio, formando conciencias, administrando los medios de gracia y pastoreando a las personas hacia la santidad. Cuando ese orden se invierte, la Iglesia se vuelve frágil, manipulable y, finalmente, irreconocible.
1. El fundamento bíblico del oficio pastoral
El Nuevo Testamento define el ministerio pastoral en términos de cuidado, enseñanza, vigilancia y ejemplo. Pedro exhorta a los ancianos a pastorear “no por fuerza, sino voluntariamente”, no por ganancia deshonesta, ni como “señores” del rebaño, sino como modelos (1 Pedro 5:2-3). Pablo encarga a Timoteo predicar la Palabra “a tiempo y fuera de tiempo”, con paciencia y doctrina (2 Timoteo 4:2), y advierte que vendrá un tiempo en que muchos buscarán maestros conforme a sus pasiones (2 Timoteo 4:3). El pastor, por tanto, no existe para complacer apetitos culturales ni para amplificar la ira de una facción, sino para formar discípulos.
Este llamado se intensifica por la lógica del testimonio cristiano. La Iglesia es “columna y baluarte de la verdad” (1 Timoteo 3:15). Ese lenguaje no describe un comité electoral, sino una comunidad que guarda y anuncia una verdad que no le pertenece. Y cuando Cristo comisiona a su pueblo, lo hace con un énfasis formativo: “hagan discípulos… enseñándoles que guarden todo lo que os he mandado” (Mateo 28:19-20). La misión no se reduce a ganar debates ni a capturar instituciones; es un trabajo de largo plazo sobre personas, hábitos, conciencia, arrepentimiento y esperanza.
En esa línea, el pastor es llamado a velar por almas “como quien ha de dar cuenta” (Hebreos 13:17). La frase es una advertencia espiritual: el pastor responderá ante Dios por la manera en que condujo a las personas hacia Cristo, no por la manera en que acomodó su púlpito a una coyuntura partidista. La política cambia. El Reino permanece.
2. El error de confundir el púlpito con la plaza pública
El problema no es que el pastor tenga una opinión política. El problema surge cuando el ministerio se convierte en activismo disfrazado de espiritualidad. Allí nacen tres deformaciones típicas.
Primero, la reducción del evangelio a un programa. La fe deja de ser una buena noticia sobre el señorío de Cristo y se convierte en un listado de políticas públicas que “prueban” quién es justo. El pecado ya no es idolatría, orgullo, inmoralidad o incredulidad; pasa a ser “votar mal”. En ese esquema, la conversión se confunde con el alineamiento partidista y la santidad con la lealtad tribal.
Segunda, la instrumentalización de los ritos. Los signos de la vida cristiana, oración pública, imposición de manos, bendiciones, fotos pastorales, terminan funcionando como aval político o como castigo simbólico. Un rito deja de ser un acto de cuidado espiritual y se convierte en una herramienta de propaganda, ya sea a favor o en contra. Eso desfigura el propósito mismo del ministerio: los medios de gracia no son trofeos para los “buenos”, ni metralla para los “malos”.
Tercera, la ruptura del rebaño. La Iglesia local casi siempre incluye personas con experiencias económicas, traumas sociales y visiones políticas distintas. Cuando el pastor absolutiza una agenda, el rebaño aprende que disentir equivale a traicionar la fe. El resultado es miedo, silencio, resentimiento o salida. Un cuerpo dividido por bandos deja de ser escuela de amor y se convierte en un campo de entrenamiento para la sospecha.
John Stott advirtió que la Iglesia está llamada a ser una “contracultura cristiana” con valores y metas distintivas, no una repetición bautizada del espíritu del tiempo. Esa contracultura no implica aislamiento; implica una diferencia ética y espiritual. Y esa diferencia se pierde cuando la Iglesia adopta los métodos de la política, simplificación, demonización, propaganda, para “defender la verdad”.
3. Voces cristianas: profecía sí, captura no
Dietrich Bonhoeffer es útil aquí, precisamente porque fue un teólogo que enfrentó un régimen totalitario sin convertir la fe en oportunismo. Su famoso llamado a no limitarse a “curar a las víctimas bajo la rueda”, sino a frenarla, ha sido citado como ejemplo de conciencia pública cristiana. Sin embargo, la lección completa no es “hagan política desde el púlpito”, sino “no traicionen a Cristo por miedo o conveniencia”. El dilema de Bonhoeffer fue la iglesia cooptada por el Estado y el nacionalismo, no la iglesia que predica el evangelio con claridad y luego forma discípulos capaces de actuar en la esfera pública.
La tradición agustiniana también ayuda a ordenar las prioridades. Agustín distingue entre la Ciudad de Dios y la ciudad terrenal, no para negar la vida pública, sino para evitar la idolatría política. La política puede ser un instrumento de orden relativo, pero no de redención. Cuando se espera la salvación de la ciudad terrenal, se producen frustración, agresión y manipulación. Una visión política sin esa distinción tiende a exigir al Estado lo que solo Dios puede dar y a usar la religión como combustible moral para el poder.
En otras palabras: sí, la Iglesia debe hablar de justicia, dignidad humana, verdad, corrupción y abuso. Pero debe hacerlo desde su propia identidad, no como capellanía de una facción. Cuando el pastor cambia el discipulado por la militancia, aunque lo haga con intenciones “morales”, traiciona la forma del ministerio.
4. Voces seculares: por qué incluso la democracia se daña cuando la religión se vuelve partido
No hace falta ser creyente para ver el riesgo institucional de mezclar el altar con la maquinaria partidista. Alexis de Tocqueville observó que el clero en Estados Unidos, en general, favorecía la libertad civil, pero “se mantiene alejado de los partidos”, y que la religión influía menos en las leyes y más en las costumbres que sostienen al Estado. Su argumento práctico es contundente: cuando la religión se amarra a un partido, pierde la capacidad de formar una conciencia pública amplia y se convierte en un instrumento de la lucha por el poder.
Jürgen Habermas, desde otra tradición filosófica, plantea que en las instituciones estatales las razones deben traducirse en un lenguaje accesible a todos los ciudadanos, de modo que el debate público no dependa de pertenecer a una fe específica. El punto no es expulsar la fe de la sociedad, sino proteger el espacio común. Para la Iglesia, esto implica una lección pastoral: el púlpito no debe ser un sustituto del Parlamento, ni el Parlamento un sustituto del púlpito. Cada esfera tiene límites. La confusión destruye ambas.
Alasdair MacIntyre, crítico del colapso del lenguaje moral moderno, observó cómo la sociedad fragmentada pierde marcos comunes y se vuelve más emotivista y tribal. Las comunidades, religiosas o no, pueden resistir esa fragmentación formando virtudes y hábitos, no solo opiniones. Su diagnóstico de la quiebra del discurso moral moderno y su llamado a recuperar tradiciones de virtud ayudan a entender por qué el pastor no puede reducir su tarea a comentar coyunturas. Debe formar carácter.
Estas voces coinciden en una intuición: cuando la religión se convierte en partido, se debilita su autoridad moral y se profundiza la polarización. La Iglesia pierde la capacidad de hablarle a la nación desde arriba de los bandos y desde adentro de la conciencia.
5. Un llamado pastoral concreto a Puerto Rico
Puerto Rico no necesita pastores que sean estrategas de campaña desde el púlpito. Necesita pastores que sean pastores. Eso significa, al menos, cinco compromisos prácticos:
- Predicar a Cristo antes que a César
Si en tu congregación la gente sabe más de tus posturas partidistas que del evangelio, algo está fuera de orden. - Formar conciencia, no fabricar votos
Enseña principios bíblicos aplicables a la vida pública, dignidad humana, justicia, verdad, límites del poder, responsabilidad, pero resiste la tentación de decirle a la Iglesia a qué partido pertenecer para ser “fiel”. - Rehusar la liturgia como propaganda
No conviertas oración, imposición de manos, rituales o fotos pastorales en herramientas de imagen para el poder. Si vas a orar por las autoridades, hazlo como enseña 1 Timoteo 2:1-2, con reverencia y sobriedad, sin espectáculo. - Cuidar el rebaño herido por la polarización
Hay creyentes fracturados por discusiones políticas, conflictos familiares, redes sociales y resentimientos históricos. Tu tarea no es aumentar esa fractura; es ministrar reconciliación sin relativizar la verdad. - Recordar el peso del llamado
El pastor responde ante Dios. Eso debería producir temor santo y humildad. El llamado no es a ser influencer ni a ser operador político, sino a ser siervo.
El respeto más alto que un pastor puede mostrar a quien lo llamó es proteger el carácter del ministerio. No es cobardía evitar el partidismo. Es fidelidad. Y es, en muchos casos, el acto más contracultural posible: resistir la idolatría política cuando todos exigen lealtad tribal.
Referencias
Tocqueville, A. de. Democracy in America, observación sobre el clero y su distancia de los partidos.
Habermas, J. “Religion in the Public Sphere” (2005), sobre la traducción de razones religiosas en el espacio público.
Stott, J. Cita sobre la “contracultura cristiana” y el llamado de la Iglesia a ser distinta.
Agustín, síntesis de su pensamiento político y social y la distinción entre dos amores y dos ciudades.
Bonhoeffer, D. Referencias y contexto del llamado a frenar “la rueda” de la injusticia.
MacIntyre, A.: síntesis de su crítica a la fragmentación moral moderna y de su recuperación de la virtud.


