“Y un pueblo que se deja gobernar por el ruido termina siendo presa fácil de los hábiles en la demagogia.” – Dr. Daniel Marte
En tiempos de redes sociales, micrófono y cámara no siempre significan conocimiento. Con demasiada frecuencia, lo que se presenta como “análisis” no pasa de ser una mezcla de indignación, media verdad, simplificación histórica y demagogia emocional. Ese problema se agrava cuando el tema no es trivial, sino tan delicado como la relación entre Estados Unidos y Venezuela tras la caída de Nicolás Maduro y el ascenso de Delcy Rodríguez como autoridad de facto o interina en Caracas. Los encantadores de serpientes abundan. Hablan con seguridad, seducen con frases contundentes, reparten culpables con ligereza y venden certezas instantáneas a un público cansado, herido o desconfiado. Pero una nación no se educa con eslóganes. Se educa con rigor, memoria histórica, lógica estratégica y disciplina intelectual.
El planteamiento que aparece en la publicación del pantallazo parte de una preocupación que, en sí misma, no es ilegítima. La preocupación por la permanencia de estructuras chavistas, por la infiltración criminal en el Estado venezolano, por la continuidad de figuras comprometidas con el viejo aparato y por el peligro de que una transición termine reciclándose como maquillaje político no debe descartarse. De hecho, hay razones reales para observar con cautela el proceso actual. Una misión de determinación de hechos de la ONU informó esta semana que, aun después de la salida de Maduro tras la operación militar estadounidense de enero de 2026, el aparato represivo venezolano sigue en pie, persisten detenciones con motivación política y varios altos funcionarios señalados por violaciones graves continúan en posiciones de poder.
Ese dato es serio. Pero una preocupación legítima no autoriza un análisis erróneo. Y ahí es donde el post falla profundamente. Confunde el reconocimiento operativo con la legitimación moral. Confunde transición con purificación instantánea. Confunde el pragmatismo estratégico con la complicidad ideológica. Y confunde, sobre todo, el lenguaje de la propaganda con el análisis del poder.
Lo primero que debe entenderse es que la política exterior y la estrategia militar no operan en el terreno de la pureza, sino en el del control. Los Estados, sobre todo las potencias, no toman decisiones sobre la base de deseos abstractos, sino sobre capacidades reales, estructuras efectivas de mando y riesgos inmediatos. Después de la captura de Maduro por fuerzas estadounidenses en enero de 2026, Washington comenzó a tratar a Delcy Rodríguez como cabeza de Estado interina o como autoridad funcional en Caracas. Reuters reportó que fiscales estadounidenses, en un caso relacionado con Maduro, describieron a Rodríguez como la jefa de Estado interina reconocida por Washington, mientras que AP reportó la restauración de pasos diplomáticos concretos, incluido el izado de la bandera estadounidense en la embajada en Caracas por primera vez desde 2019.
Eso incomoda a muchos. Pero la incomodidad no es un argumento. La pregunta seria no es si Delcy Rodríguez representa un ideal democrático perfecto. No lo representa. La pregunta sería otra: en un escenario de colapso o decapitación del liderazgo anterior, ¿con quién interactúa una potencia para impedir el mayor desorden? Esa es la pregunta que los demagogos no quieren hacer, porque una respuesta honesta les destruye la narrativa moralista de los buenos absolutos frente a los malos absolutos.
En teoría, muchos quisieran una transición limpia, inmediata, transparente, dirigida por actores inmaculados, libres de pasado, capaces de asumir el control del Estado en horas, depurar las instituciones, neutralizar las redes criminales, garantizar la continuidad administrativa, preservar la infraestructura energética, controlar las fronteras y reconstruir la legitimidad interna e internacional casi al mismo tiempo. Pero la estrategia no se diseña a partir de fantasías. Se diseña sobre la realidad. Y la realidad es que cuando cae un régimen autoritario profundamente incrustado en las instituciones, lo que permanece no es un terreno vacío; no espera a los virtuosos. Lo que permanece son redes, mandos, lealtades, aparatos coercitivos, economías ilícitas, burocracias contaminadas, inteligencia política, milicias, oficiales con intereses creados y actores externos atentos al menor vacío.
Por eso, desde un punto de vista militar y estratégico, evitar un vacío de poder innecesario no es una excusa retórica. Es un principio elemental de estabilidad. Un vacío de poder en un Estado con una profunda crisis institucional rara vez permanece vacío. Lo llena alguien. Y no necesariamente lo llenan los mejores, sino los más rápidos, los más organizados o los más violentos. En un caso como el venezolano, eso significa que el espacio puede ser capturado por facciones del propio aparato, grupos armados irregulares, redes de narcotráfico, estructuras ligadas a economías ilegales de minería y contrabando, o alianzas regionales que se benefician del caos.
Aquí es donde la publicación del pantallazo se autodestruye intelectualmente. Por un lado, describe a Delcy, a Cabello y al aparato chavista como vinculados al crimen organizado, al narcotráfico y a estructuras transnacionales. Por otro lado, sugiere que Estados Unidos no debió reconocer ni trabajar con la autoridad que quedó en condiciones reales de operar el Estado. Pero si el propio autor del post cree que el entorno está saturado de redes criminales, entonces debería entender precisamente por qué una potencia no deja el terreno entregado a la anarquía. Cuando un sistema político está infiltrado por organizaciones ilícitas, la prioridad inicial de una estrategia de transición no es la perfección moral, sino la contención del colapso, la preservación de los nodos críticos y la estructuración del mando.
Esto no significa que Washington esté moralmente absolviendo a Delcy Rodríguez ni canonizando al chavismo residual. Significa algo mucho más frío: que está apostando por una transición controlada antes que por una implosión descontrolada. Reuters informó que Trump elogió los esfuerzos de Rodríguez por estabilizar la economía y que ella ha priorizado atraer inversión extranjera en sectores como el petróleo y la minería, mientras que AP reportó el restablecimiento de los vínculos diplomáticos y una narrativa pública de cooperación. Es decir, Washington parece estar operando según una lógica de tres fases que incluso María Corina Machado describió como estabilización, recuperación y transición democrática.
Nótese bien el orden. Primero, estabilización. Después, recuperación. Luego, transición democrática. Ese orden no es casual. Es propio de escenarios en los que el objetivo inmediato no es producir satisfacción moral ante observadores externos, sino evitar que el país se fracture por completo. Muchos comentaristas de redes sociales invierten el orden y exigen una depuración total antes de la estabilización. Eso suena heroico, pero estratégicamente puede ser suicida.
La historia reciente enseña por qué. Cada vez que una estructura autoritaria cae sin una sustitución rápida y funcional, se abren disputas por aeropuertos, refinerías, puertos, aduanas, bases, comunicaciones, bancos estatales, rutas terrestres y zonas de extracción o de contrabando. El control territorial no desaparece por decreto. Se disputa. El monopolio de la fuerza no se recrea con consignas. Se impone, se negocia o se reconstruye. Y en ese proceso, la ausencia de un interlocutor reconocible puede multiplicar la violencia. La lección es brutal pero clara: a veces el actor imperfecto con control real es preferible, en lo inmediato, al colapso romántico que seduce a los activistas pero destruye países enteros.
Eso no implica ingenuidad. La cautela sigue siendo indispensable. La ONU advirtió que las estructuras represivas continúan operando y que el sistema no ha sido desmantelado. Por tanto, no estamos ante una redención automática del Estado venezolano ni ante una democratización consumada. Estamos ante una transición con contaminación interna, un alto riesgo institucional y enormes tensiones entre la continuidad y la reforma. El análisis serio debe sostener esas dos verdades al mismo tiempo: sí, hay movimiento político real; sí, persiste un aparato profundamente comprometido. El error demagógico consiste en negar una de las dos para convertir la discusión en una consigna.
Hay otro fallo grave en la publicación: la sobrepersonalización de la política internacional. Se intenta reducir todo a la idea de que “Trump consolidó la dictadura” o “reconoció a la jefa del narcoestado” y, por tanto, la historia queda explicada en clave de traición o de hipocresía. Esa lectura es intelectualmente perezosa. Las potencias no actúan únicamente por simpatía o antipatía hacia individuos. Actúan en función de intereses estratégicos: seguridad regional, energía, contención de flujos migratorios, control del crimen transnacional, estabilidad fronteriza, rutas marítimas, influencia diplomática y competencia con otros actores extrahemisféricos. Reuters y AP han reportado, por ejemplo, que el reacomodo venezolano tiene efectos directos en la relación con Colombia, en la seguridad en la frontera y en la cooperación energética.
Venezuela no es una pieza menor en el tablero. Tiene petróleo, posición geográfica, impacto migratorio continental, conexiones de seguridad en la frontera colombo-venezolana y capacidad para afectar a toda la región. Cualquier administración estadounidense, sea republicana o demócrata, tendría que analizar ese expediente desde la perspectiva del poder. Criticar decisiones concretas es legítimo. Pero fingir que una potencia puede darse el lujo de actuar como comentarista moral en redes sociales, sin considerar la arquitectura regional, es, sencillamente, no entender cómo funciona el mundo.
También es importante decir algo incómodo: en entornos permeados por economías criminales, la fragmentación del poder puede ser peor que la continuidad parcial del aparato. Mucha gente cree que si “se cae el centro” automáticamente mejora la situación. No necesariamente. A veces ocurre lo contrario. Al desaparecer un mando central, las redes ilícitas se adaptan, se descentralizan, se vuelven más opacas y más difíciles de neutralizar. La unidad del mando represivo puede transformarse en una multiplicidad de actores armados y criminales. En esos escenarios, neutralizar las amenazas resulta más complejo. El enemigo fragmentado, a diferencia de lo que sugiere el análisis superficial, puede ser más resiliente que el enemigo jerárquico. Desde la doctrina de estabilidad y contrainsurgencia, esto no es un detalle menor. Es una variable central.
En ese sentido, la diferencia entre un reconocimiento moral y un reconocimiento operativo resulta decisiva. Reconocer operativamente a una autoridad significa que se la trata como interlocutora funcional para fines de seguridad, diplomacia, energía o de administración transicional. No significa que se borre su pasado ni que se aprueben moralmente sus vínculos previos. Aquí, la cuestión conceptual importa mucho. Quien borra esa diferencia manipula al público. Y, lamentablemente, eso es lo que hacen muchos “analistas” de micrófono fácil: sustituyen conceptos por emociones y después venden la emoción como lucidez.
Otro aspecto metodológico débil del post es el uso indiscriminado de afirmaciones severas sin el debido estándar probatorio. En el pantallazo se alude a investigaciones internacionales sobre Diosdado Cabello, al Cártel de los Soles, a la cooperación con las FARC, el ELN, el Tren de Aragua y el Cártel de Sinaloa, y hasta a una supuesta continuidad “apadrinada” por la CIA y el FBI, quienes “han visitado el país”. Aquí hay que ser rigurosos. Que existan señalamientos serios sobre estructuras criminales en el entorno del poder venezolano no autoriza a presentar cualquier conclusión adicional como hecho demostrado. El análisis serio distingue entre denuncias, imputaciones, patrones de inteligencia, decisiones judiciales y propaganda política. Cuando esa distinción desaparece, lo que emerge no es información, sino narrativa militante.
Y esa narrativa militante produce un daño enorme. Le enseña al ciudadano a reaccionar antes de pensar. Le enseña a indignarse sin estudiar. Le enseña que basta con sonar seguro para parecer profundo. Ahí es donde el pueblo tiene que “ponerse las pilas”. Porque la demagogia no solo engaña al ignorante. También engaña al inteligente cansado, al lector apurado y al oyente que confunde la pasión con la autoridad.
Desde una perspectiva académica, el problema de fondo es la incapacidad de muchos comentaristas para pensar en términos de una secuencia estratégica. Una transición política no es un acto instantáneo. Es una sucesión de fases con prioridades distintas. La fase uno suele ser estabilizadora. La fase dos: recuperar la capacidad funcional del Estado. La fase tres: abrir y consolidar la legitimidad política. La fase cuatro: depurar estructuras y avanzar hacia una institucionalización duradera. En la práctica, esas fases se traslapan, se contradicen y generan tensiones internas. Pero no pueden ser borradas por un discurso simplista. Pretender que todo contacto con un actor del viejo aparato equivale a “continuidad total de la dictadura” revela ignorancia sobre cómo se gestionan las transiciones en entornos hostiles.
Eso no quiere decir que el proceso venezolano vaya bien. No sabemos todavía si la apuesta saldrá bien, mal o a medias. Puede fracasar. Puede convertirse en reciclaje cosmético. Puede derivar en una forma híbrida de continuidad autoritaria con barniz diplomático. También puede abrir espacio, aunque sea de forma gradual e imperfecta, para una mayor apertura política. La evidencia hoy obliga a la prudencia, no a la euforia. El dato más serio y más incómodo es precisamente ese: la operación contra Maduro alteró el liderazgo, pero no desmanteló la estructura. Quien venda esto como consumación consumada engaña; quien lo presente como prueba automática de que todo es exactamente igual también engaña.
Lo honesto es reconocer que estamos ante un escenario intermedio, ambivalente y volátil. Y ese tipo de escenario exige más cabeza fría, no más histeria ideológica.
Desde el punto de vista militar, hay además una lección que el ciudadano común debe comprender. La estrategia no consiste en escoger entre opciones buenas y malas. Muchas veces consiste en escoger entre opciones malas y peores. El ideal moral absoluto rara vez está disponible en el terreno. Lo que sí está disponible son los grados de riesgo, las ventanas de oportunidad, las capacidades de control, las cadenas de mando, las vulnerabilidades críticas y los costos comparativos. El liderazgo pregunta “¿Quién limpió?” Pregunta “¿Quién controla?”, “¿Qué evita más muertes?”, “¿Qué preserva más infraestructura?”, “¿Qué impide la expansión de actores hostiles?”, “¿Qué reduce la probabilidad de guerra interna?”, “¿Qué permite luego presionar por reformas?”. Estas preguntas incomodan, pero son realidades. Quien no quiera hacerlas debería abstenerse de pontificar sobre geopolítica.
Por eso, cuando uno escucha a ciertos “influencers” hablar con arrogancia de estrategia militar, de vacíos de poder, de reconocimiento diplomático y de guerra irregular, conviene recordar algo simple: no basta con tener micrófono para tener criterio. No basta con odiar a Estados Unidos o a Israel para entender el sistema internacional. No basta con repetir “narcoestado” cada tres líneas para haber producido un análisis. A veces lo único que se ha producido es una pieza de demagogia diseñada para confirmarle prejuicios a una audiencia ya predispuesta.
Y eso es precisamente lo peligroso. Porque los pueblos mal educados terminan atrapados estratégicamente entre campañas publicitarias rivales. Unos les venden pureza ideológica. Otros venden utopías. El deber de quien piensa seriamente es rechazar ambos extremos. Hay que denunciar la continuidad de las estructuras represivas cuando existan. Hay que exigir evidencia antes de repetir acusaciones absolutas. Hay que desconfiar del lenguaje emocional que pretende sustituir al análisis. Y hay que enseñar que una decisión estratégica puede ser comprensible sin ser moralmente cómoda y criticable sin caer en caricaturas.
En conclusión, el pantallazo contiene un núcleo de inquietud legítima, pero su desarrollo analítico es deficiente. Tiene razón al advertir que el peligro no terminó con la caída de Maduro. Tiene razón al sospechar que las viejas estructuras pueden reciclarse. Tiene razón al llamar la atención sobre el peso del crimen organizado en Venezuela. Pero se equivoca al convertir esas sospechas en una conclusión absoluta, lineal y totalizante. No toda normalización equivale a legitimación moral. No todo reconocimiento funcional implica una bendición política. No toda transición imperfecta es continuidad idéntica. Y no toda estrategia pragmática es rendición ideológica.
Lo que está ocurriendo en Venezuela debe analizarse con sobriedad: Estados Unidos ha optado por una relación pragmática con la autoridad que hoy tiene capacidad real de gobierno; el proceso incluye pasos diplomáticos concretos y la búsqueda de estabilización económica; al mismo tiempo, la estructura represiva anterior no ha sido desmontada y persisten riesgos graves de continuidad autoritaria. Esa es la realidad compleja. Todo lo demás, si no se sustenta con evidencia y lógica, es ruido.
Nota sobre las referencias: Todas corresponden a fuentes periodísticas y reportes citados para sustentar los puntos sobre el reconocimiento operativo, la estabilización, la continuidad del aparato represivo y el contexto diplomático en Venezuela.
Referencias
Associated Press. (January 3, 2026). How the U.S. captured Venezuelan leader Nicolás Maduro. AP News.
Associated Press. (March 12, 2026). Venezuela and Colombia abruptly cancel planned meeting between presidents, citing “force majeure”. AP News.
Associated Press. (March 13, 2026). Venezuela’s Machado calls Trump a “fundamental ally” despite U.S. support for Delcy Rodríguez. AP News.
Associated Press. (March 14, 2026). American flag raised at U.S. Embassy in Venezuela for the 1st time since 2019. AP News.
Reuters. (January 28, 2026). Exclusive: U.S. intelligence raises doubts about Venezuela leader’s cooperation. Reuters.
Reuters. (March 4, 2026). Venezuela mining reform coming soon, acting president says after U.S. official visit. Reuters.
Reuters. (March 12, 2026). UN mission says Venezuela’s repressive apparatus persists after Maduro ouster. Reuters.
Reuters. (March 13, 2026). Colombia’s Petro, Trump spoke by phone; Trump said Petro is welcome in the U.S., Reuters.
Nota: esta fue la referencia utilizada en el análisis para el contexto regional y el vínculo entre Colombia, Estados Unidos y Venezuela.
Reuters. (March 14, 2026). U.S. prosecutors defend block on Venezuelan state funds in Maduro’s defense case. Reuters.
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Daniel Marte, PhD
Daniel Marte es un reconocido académico y profesional con una destacada trayectoria en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Obtuvo su doctorado (Ph.D.) en la prestigiosa Universidad de Georgetown en Washington, D.C., y cuenta con dos maestrías: una en Administración Pública (M.P.A.) y otra en Administración de Empresas (M.B.A.) de la misma institución. Además, posee una Maestría en Sistemas de Información (M.I.S.) y un Bachillerato en Administración (B.B.A.) de la Universidad de Maryland, College Park.
A lo largo de su carrera, Daniel ha enriquecido su formación académica con certificados ministeriales de instituciones reconocidas, como las Asambleas de Dios, Berean School of the Bible y Global University. Actualmente, se desempeña como profesor en línea en la McCourt School of Public Policy de Georgetown University y el Departamento de Política de NYU-Wilf Family, donde imparte cursos especializados en Ciencias Políticas, Política Internacional y Política en el Medio Oriente.
La pasión de Daniel por la enseñanza se complementa con su dedicación a la investigación y la escritura. Es autor de un libro basado en su tesis doctoral, utilizado como texto de referencia en destacadas universidades de los Estados Unidos, como la National Defense University, National War College, Army War College, American University y la Ford School of Public Policy de la Universidad de Michigan, Ann Arbor.
Con más de 35 años de experiencia combinada en las fuerzas armadas y el Departamento de Estado de los Estados Unidos, Daniel ha trabajado en seguridad nacional e inteligencia, además de servir como asesor para los comités de inteligencia y defensa del Congreso de los Estados Unidos, abarcando tanto la Cámara de Representantes como el Senado.
Elizabeth Marte
Elizabeth, esposa de Daniel, es una destacada profesional de la salud con una sólida carrera en enfermería. Obtuvo su Bachillerato en Ciencias de la Enfermería (BSN) en la Universidad Interamericana de Puerto Rico y ha acumulado una vasta experiencia como enfermera registrada (RN) en hospitales y centros de diálisis. Actualmente, se encuentra cursando estudios conducentes a un grado doctoral en Psicología Clínica (PsyD.) en la Universidad Albizu.
Compromiso con la comunidad y la fe
Daniel y Elizabeth son miembros de la Iglesia de Dios Pentecostal, M.I. Bo. Arenales Altos de Isabela, Puerto Rico, donde están bajo la guía del Pastor Milton Alvarado. Su participación en la comunidad de fe refuerza su compromiso tanto con la educación como con la espiritualidad, combinando su pasión por el servicio académico y ministerial con su vida personal y profesional.
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