“Hay momentos en la vida pública en los que un pueblo tiene que detenerse, mirar con calma lo que ocurre y atreverse a llamar las cosas por su nombre. Este es uno de esos momentos.” — Dr. Daniel Marte
Lo que estamos viendo hoy dentro del Partido Nuevo Progresista no puede despacharse como un simple roce entre figuras públicas, ni como una diferencia normal de estilos, ni como un desacuerdo pasajero entre líderes. Lo que se percibe cada vez con más claridad es un fraccionamiento interno real. Hay luchas de poder, hay pulsos de control, hay agendas personales y, siendo francos, también hay demasiado chabacanismo político. Y cuando el partido que gobierna comienza a desgastarse desde adentro, el daño no se queda encerrado en la estructura partidista. El daño se proyecta sobre todo en Puerto Rico.
Ese es el primer punto que hay que entender: una división interna en el partido de gobierno nunca es un asunto menor. No lo es porque debilita la autoridad del liderato, no lo es porque crea confusión sobre el rumbo del país, y no lo es porque le entrega a la oposición la mejor materia prima para hacer su trabajo. Un partido dividido se vuelve vulnerable. Y cuando quién se vuelve vulnerable es el partido en el poder, la oposición no pierde el tiempo. Aprovecha, amplifica, se presenta como alternativa ordenada y empieza a ocupar espacios que no necesariamente se ha ganado por mérito, sino que le han sido cedidos por la torpeza ajena.
Por eso hay que decirlo sin rodeos: no todo lo que hoy se presenta como “fiscalización” responde a un amor genuino por Puerto Rico. Hay crítica legítima, claro que sí. La crítica sana es necesaria en una democracia. Pero también hay oportunismo político, cálculo, agenda y deseo de capitalizar cada grieta interna para proyectar la idea de que el gobierno ya perdió el control del timón. Ese juego no es nuevo, pero sí se vuelve mucho más efectivo cuando quienes deben empujar en la misma dirección se dedican a tirarse piedras entre sí.
Ahora bien, reconocer esto no significa caer en el fanatismo. La actual administración no es perfecta. Tiene fallas, tiene errores, tiene limitaciones, como las ha tenido cualquier administración pasada y como las tendrá cualquier administración futura. El que niegue eso está ciego políticamente. Pero igual de ciego está quién se niega a reconocer que, aun en medio de presiones, tropiezos y contradicciones, se han logrado avances y se han abierto espacios que hacía tiempo no se veían. La madurez política no consiste en pintar todo de color de rosa, pero tampoco en repetir, como un disco rayado, que nada sirve y que todo está mal.
Lo más peligroso, sin embargo, no es solo la fractura partidista. Lo más peligroso es no ver lo que realmente se está librando detrás de ella. Porque aquí no estamos solamente ante una pelea por puestos, candidaturas o protagonismo mediático. Aquí también hay una guerra ideológica en curso. Una guerra que no siempre se libra con palabras grandes, pero que está presente en debates concretos sobre la vida, la familia, la libertad religiosa, la educación, la cultura y el rol del gobierno en la sociedad.
Eso es lo que muchos conservadores deben entender de una vez. No se trata únicamente de quién controla el partido, ni siquiera de quién gana la próxima elección. Se trata de qué visión de país se va imponiendo mientras unos se entretienen en luchas internas y otros avanzan con claridad ideológica.
De un lado está una visión que insiste en la defensa de la vida desde la concepción, en la libertad religiosa verdadera, en el derecho de la fe a expresarse también en el espacio público, en la importancia de la familia, en un gobierno más cercano y menos asfixiante, en una educación que no atropelle la conciencia de los padres, y en una comprensión moral del orden social. Del otro lado se empuja una visión que favorece una mayor intervención del Estado, una moral pública desligada de la tradición judeocristiana, una redefinición constante de la familia, una expansión de la agenda sexual e identitaria y una hostilidad creciente hacia cualquier presencia pública robusta de la fe.
Y eso no es teoría. Se está viendo en la práctica.
Basta con mirar el tema de las oficinas de base de fe. Cuando desde el gobierno se ha promovido la colaboración con iglesias y organizaciones religiosas para fortalecer la ayuda social y reconocer el valor de ese sector en la vida pública, no han faltado los ataques. Se ha querido pintar ese esfuerzo como si fuera una amenaza, como si reconocer el rol social de la fe fuese automáticamente sospechoso. Sin embargo, los mismos sectores que tanto critican ese tipo de acercamiento saben perfectamente que el voto religioso, la organización comunitaria y la influencia moral del pueblo creyente siguen teniendo un peso real en Puerto Rico. Por eso, aunque ataquen por un lado, por otro también buscan acercarse, organizarse y no quedarse fuera de ese terreno.
Ahí queda expuesta una gran hipocresía del debate actual. En democracia, todos los partidos organizan sectores. Todos buscan base social. Todos procuran representación en comunidades específicas. Unos lo hacen con sectores profesionales, otros con movimientos ideológicos, otros con agendas identitarias y otros con comunidades religiosas. Eso forma parte del juego democrático. Lo que no se vale es escandalizarse selectivamente solo cuando el sector de fe decide tener voz, estructura, presencia y participación.
El problema de fondo, entonces, no es que haya organización sectorial. El problema real es quién ocupa el terreno moral y cultural del país.
Y ahí es donde el conservadurismo en Puerto Rico tiene que examinarse con honestidad. Porque no todo el que se llama conservador lo es. Y no todo el que usa lenguaje religioso entiende el conservadurismo. Se ha vuelto demasiado común ver posturas que se venden como conservadoras, pero que en realidad son una mezcla de populismo, reacción emocional, libertarismo mal digerido y oportunismo político. El conservadurismo serio no es improvisación ni pose. El conservadurismo serio entiende el valor de la tradición, de la prudencia, del orden, de la responsabilidad, de la autoridad moral bien ejercida y de la libertad anclada en la verdad.
Cuando se pierde esa claridad, se cae en contradicciones peligrosas. Se pretende defender principios, pero se actúa por capricho. Se dice que ama el orden, pero se alimenta del caos. Se habla de valores, pero se termina operando por cálculo y conveniencia. Y así, en vez de fortalecer el espacio conservador, se lo debilita desde adentro.
A esto se suma otro mal que nos persigue desde hace demasiado tiempo: el desenfoque constante provocado por la lucha por el estatus. Puerto Rico lleva décadas atrapado entre la estadidad, la independencia, la libre asociación y fórmulas intermedias. Ese debate importa, sí. Nadie lo niega. Pero también es cierto que, una y otra vez, esa discusión nos consume hasta el punto de hacernos perder de vista asuntos igual de o más inmediatos: la cultura moral del país, la defensa de la vida, la fortaleza de la familia, la libertad de conciencia, el peso de los impuestos, la calidad ética del gobierno y el tipo de educación que estamos formando en las próximas generaciones.
Nos hemos acostumbrado a discutir el techo mientras las columnas se agrietan.
Y por eso hace falta volver a la pregunta verdaderamente seria: ¿qué podemos perder si seguimos por este camino?
Podemos perder terreno en la defensa de la vida. Tal vez algunos piensen que todavía no se ha hecho lo suficiente y seguramente tienen razón. Falta mucho por educar, mucho por legislar, mucho por convencer y mucho por corregir. Pero una cosa es reconocer que falta camino, y otra muy distinta es despreciar los avances que sí se han logrado o actuar como si nada de eso pudiera revertirse. Todo lo que hoy parezca pequeño puede desaparecer rápidamente si regresa al poder una visión ideológica comprometida con lo contrario.
Podemos perder espacio para la libertad de expresión de nuestra fe. Durante demasiado tiempo, la iglesia en Puerto Rico fue empujada a la periferia del debate público, como si su papel se limitara a los templos y como si hablar de conciencia, moral, valores y tradición fuera casi una indiscreción. Hoy, con todas las limitaciones del caso, se ha ido recuperando parte de ese espacio. Se habla con mayor claridad. Se participa con mayor firmeza. Se reconoce que la fe no tiene por qué avergonzarse de entrar en la conversación pública. Pero ese terreno ganado no está asegurado para siempre. Puede cerrarse con rapidez si el clima político cambia y se fortalece un secularismo que ve la fe como un problema en lugar de como parte legítima de la sociedad.
También podemos perder la posibilidad de avanzar hacia un gobierno menos cargoso y más cercano al ciudadano. Hay quienes creen que todo se arregla creando más programas, más estructuras, más reglamentos y más dependencia. Pero un gobierno saludable no es simplemente un gobierno grande. Un gobierno saludable es aquel que cumple bien su función, que no asfixia al ciudadano, que respeta la iniciativa de la sociedad civil y que entiende que no todo debe centralizarse desde arriba. Cambiar la cultura gubernamental no ocurre de un día para otro. Requiere tiempo, constancia y una voluntad real de transformación. Pero si esa dirección se interrumpe por luchas internas o por cambios ideológicos bruscos, el país retrocede.
Y también podemos perder la oportunidad de exigir un gobierno mejor y más limpio de manera responsable. Porque un mejor gobierno no se construye únicamente denunciando. Se construye participando, proponiendo, corrigiendo y fiscalizando con honestidad, y ofreciendo soluciones alcanzables. Criticar es fácil. Gobernar, reformar e implementar es lo difícil. Y Puerto Rico necesita menos espectáculo y más seriedad.
Por eso la conclusión es dura, pero necesaria. Si permitimos que los egos, las ambiciones personales y las luchas de poder sigan debilitando al partido que hoy gobierna, el problema no será solo una derrota electoral. El problema será mucho más profundo. Estaremos debilitando el espacio desde el cual todavía se pueden defender asuntos fundamentales para una gran parte del país: la vida, la familia, la libertad religiosa, una visión menos asfixiante del gobierno y el derecho de un pueblo a no ser desconectado de sus raíces y convicciones más profundas.
Esto no es solo una pelea de partido.
Esto es una advertencia sobre el futuro de Puerto Rico.
Y la pregunta que debemos hacernos con seriedad no es quién ganó la última pelea interna, ni quién sonó más fuerte en la radio, ni quién logró imponerse en una reunión de partido. La pregunta de verdad es esta: ¿estamos dispuestos a perder terreno en todo lo que decimos valorar, solo por diferencias de estilo, luchas de poder y mezquindades internas?
Porque lo que está en juego no es simplemente la próxima elección.
Lo que está en juego es el tipo de Puerto Rico que vamos a dejarles a nuestros hijos y nietos.
Dr. Daniel Marte


